Antiguamente las guerras no eran consideradas como crímenes, pero eran injustas por su causa o desarrollo si se desviaban de su meta; mantener o no recuperar los derechos de un país, estirpe o un caudillo eminente. Y se reconocía, al afirmar estos derechos y libertades, que otros también podían sostenerlos por la fuerza o la contienda, y no era mas que el juicio de Dios entre grupos enfrentados.
Ninguno de los bandos estaba exento de responsabilidad; con todo siempre se apelaba a la “justicia,” y como en los pleitos, solo diferían respecto de la interpretación del caus belli, liberado a la suerte de las armas y carente de arbitrajes impuestos por terceros ajenos al conflicto.
Desde entonces, hasta el Renacimiento, la historia ha reflejado un constante incremento técnico de las armas defensivas sobre las ofensivas, y un claro destino entre combatientes y retaguardia como entre aliados, beligerantes, y neutrales. Poco importa quienes tuvieron razón, cada vez, si importa y “mucho” quienes combatían “fundados” en ella y, por ende, respetaban al enemigo como portadores de “idénticos valores” aunque proclamaran contradictorias aspiraciones.
La vindicación de las propias prerrogativas fue y eran una cuestión de “honor”…
Si alguno era capaz de dejarse patearse sin luchar era considerado cobarde y, en ambos casos, el hombre de honor (y siempre lo era quien portaba más armas) estaba obligado a intervenir para proteger al santo y volver a patear al cobarde.
No se concebían las guerras de exterminio y se penaba con la muerte los excesos de la soldadesca sobre las plazas tomadas, por eso creo que las guerras podían durar cien años y, una vez restablecida la paz basada en la “justicia” (según la óptica del vencedor amparado en la Providencia), el enemigo podía transformarse en amigo y el exbeligerante en aliado si nuevas amenazas o ambiciones comunes así lo indicaban, porque existía en el fondo cierta simpatía mutua y cierta “igualdad” en el honor que brindaba el noble oficio militante de la espada.
Pero, el contraste con esas escaramuzas caballerescas, las contiendas de fanatismo (religioso, comercial, o ideológico) procuraron resultados radicales y definitivos; exterminando al enemigo se proponían crear la “ilusión momentánea” de haber alcanzado un mundo armonioso e “invariable.” Y a eso ¡llámaronle progreso!...
Si las Cruzadas, las guerras de la Reforma, y las de colonización, no hubiesen sido libradas por príncipes caballerescos y si las limitaciones de efectivos y de poder de aniquilamiento no se hubiesen hecho tan patentes, pienso que quizá sus resultados hubiesen sido más perdurables pero, ni los hombres ni sus bagajes y aprestos bélicos, básicamente heredados de sus antecesores, pudieron alterar demasiado las reglas del honor y del espíritu heroico que todo fanatismo mitiga o falsifica.
Esa esencia subsiste en los espíritus selectos de los modernos caballeros de la guerra; como Franco, Rommel, Montgomery, Mac Artur etc. etc. En un aspecto, la esencia del caballero nunca fue empeñada por influencias religiosas o mundanas preñadas de cobardía pacifista: siempre prefirió la muerte al deshonor. Cuándo se enfrenta habitualmente a la muerte, enfrenta aun tiempo toda la servidumbre y la ruindad de la vida burguesa. Integra la alegría y el orgullo de vivir ese menosprecio por la propia seguridad (no por la ajena) ese arriesgarla de continuo y esa total indiferen cia a perderla en aras de una causa raigal que lo justifique, como es la defensa de la patria, de la raza o de la fe. Nadie promete en serio apostar por la patria o por la democracia, la paz o la Constitución, aunque fuera muy capaz de poner en peligro la del próximo; enemigos subordinados. Entonces la ecuación moral no cierra, se pierde la “equivalencia” que resguarda al honor y aparece el salvajismo que alimenta la barbarie del “terror”
Una vecindad, a la vez sonriente y mística, con la muerte daba una enorme intensidad dramática de la vida, mantenía viva a la religión, daba alas al ingenio, profundidad al amor y resignación al moribundo. El teatro de Shakespeare o Calderón son monumentos vivientes al ideal caballeresco. En contraste con ambos podemos veer a que punto, de chocante degradación, la sociedad moderna ha prostituido el alma y la petrificación de las armas…
lunes, 7 de noviembre de 2011
Acerca de “Las Guerras Caballerescas”.
Tags
# Alberto Angulo
About Anónimo
Templatesyard is a blogger resources site is a provider of high quality blogger template with premium looking layout and robust design. The main mission of templatesyard is to provide the best quality blogger templates which are professionally designed and perfectlly seo optimized to deliver best result for your blog.
Alberto Angulo
Sección:
Alberto Angulo
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
© 2011 La Nación Digital /La Nación Digital y la administración se reservan los derechos de opinión y no tienen por que coincidir ni se responsabilizan de las opiniones vertidas por los colaboradores y/o visitantes en el interior de la web. A su vez se reservan los derechos para colaborar con las autoridades en caso de infracción de cualquier artículo del código penal.




No hay comentarios:
Publicar un comentario