Comenzó la campaña electoral. Los miembros del rebaño, que todavía se siguen creyendo el antiquísimo discurso de que son ciudadanos libres en cuyas manos se encuentra la soberanía del futuro de un ente llamado Estado, término que prefieren para no decir España, están emocionados ante la idea de volver a elegir a su próximo gran gobernante (un pastor con traje, corbata y zapatos caros).
Debido a sucesos de los últimos años, el debate principal (puro teatro; pero aún así, emociona a sus acólitos) se centra en un “el PSOE nos ha arruinado y con Aznar esto no pasaba” frente a un “nos van a recortar derechos y volveremos a los tiempos de Franco”. Al lado de los contendientes principales, observamos a unos pocos que han tenido el “lujo” de poder participar en los comicios, para dar así una imagen “democrática” y, de esa manera, legitimar el chanchullo que cada cuatro años organizan los liberales y los socialdemócratas.
Cada cuatro años lo mismo. Aplusos, ironías del jefecillo de turno hacia el oponente, respuestas en tonos más o menos corteses... Y el pueblo, supuesto responsable de la soberanía, decidiendo su futuro al echar a la ligera un papel en un urna, otorgando la legitimidad para administrar y dirigir la institución estatal a un individuo que, en el mejor de los casos, no resulta ser mucho más inteligente que el votante que ha decidido a quien apoyar en función de las promesas que ha escuchado o dejado de escuchar por la televisión.
¿Hasta cuándo vamos a estar así? ¿Por qué vamos a tener que soportar la eterna presencia de PP y PSOE como autoproclamados representantes de los españoles? ¿Es que acaso no existen alternativas?
Gane quien gane, lo llevamos claro. La economía no mejorará por unas medidas u otras, sino por la estabilización automática del capitalismo en sus diversas etapas. Mientras tanto, lo que verdaderamente importa (la identidad del pueblo, la unidad de España, la justicia social)... se irá perdiendo cada día, más y más, sin que no podamos hacer algo por evitarlo... ¿O sí?
Gabriel García





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