El problema, el mayor problema ahora mismo, es la falta de gol. Cierto que el Barcelona no tiene la sublime continuidad de hace dos temporadas. Seguro que la añora, pero añora más la pegada, la dinamita. Cuando se deja puntos (Mallorca, Rubin Kazan...) y todavía más cuando gana pero se obliga a sufrimientos innecesarios. Convincente pero escaso de munición en el Calderón, San Mamés, en la segunda parte ante el Valencia o ante el Copenhague. El filo de la decepción conduce a los nervios, bendice inseguridades y reanima a rivales noqueados. Y partidos de apariencia lustrosos terminan en incordio. Y la suficiencia en susto. Y de la goleada al limbo se pasa a la sugerencia del empate.
Esa ansiedad invasiva tiene el rostro de David Villa. Reconocido por embocar a gol en cualquier circunstancia y desde cualquier posición, anda con las musas en huelga a la japonesa: por saturación. Porque el suyo no es un caso de desconexión al estilo Ibrahimovic. El asturiano aparece en todas las posiciones de ataque, lo intenta desde todos los frentes y se estrella contra una sequía que le tiene en absoluta congestión. Y sin suerte. Ante el Copenhague remató al larguero, se le anuló un gol y se topó un par de veces con Wiland. El resto fueron controles cruciales fallados y pases que se quedan siempre unos centímetros detrás o unos centímetros delante, un palmo más arriba de su frente... Villa personifica la angustia que afea a un Barcelona que pudo y mereció sentenciar en la primera parte y pudo encontrarse en la segunda con un empate incómodo en la clasificación y nefasto lo anímico.
En esa segunda parte el Copenhague tuvo el balón y tuvo un par de ocasiones serias, una dorada con remate al larguero de N'Doye y fallo garrafal en el rechace de Santin a puerta vacía. El danés, que llegaba con seis puntos, mucha ilusión y nada que perder, dejó impronta de equipo menor pero muy trabajado. Serio, sano y digno. Su fútbol es práctico y sencillo. Defiendo con dos líneas muy coordenadas y la defensa adelantada y sale al galope siempre al toque y con al área y el cuerpo de N'Doye como objetivo. Muy trabajado por el hiperactivo Solbakken, merece reconocimiento pero siempre desde la perspectiva de un indulto del Barcelona que pudo costar muy caro.
La brillantez se difumina
EL final de partido del Barcelona fue malo. Guardiola tuvo que echar mano de Xavi, que se quedó sin descanso, y Pedro. Terminó con un dibujo raro y con demasiados minutos de cierta congoja anímica. Tocando y tocando pero sin profundidad ni mordiente, gastando minutos, con alguna ocasión (Alves disparó al palo) y otro gol final de Messi, pero con la intención esencial de que el balón no rondara a un Pinto demasiado valiente con los pies. Como faltaba pulmones y posesión, vimos lo mejor de Mascherano, que mucho más justificado cuando el balón es del rival.
Y todo por la falta de gol. Porque la primera parte del equipo azulgrana fue notable y rondó el sobresaliente. Sin Valdés ni Xavi, Guardiola se inventó un Barcelona extrañó pero de buen resultado. Inclinado al 4-4-2 con Alves y Abidal incrustados en ataque y dos enganches, Maxwell por la izquierda e Iniesta por todas partes, hacia Messi y Villa. El Barcelona tuvo ritmo y buena sintonía. Alves afiló la banda derecha, Messi se movió entre líneas y Villa estropeó en el toque final su trabajo constante. A eso se sumó un buen nivel de concentración de una línea de contención dirigida por Piqué y sobre todo el recital de un Iniesta que encontró todos los pases, todos los huecos entre las férreas líneas danesas. Entre un cúmulo de llegadas, remates, ocasiones y goles anulados, sólo subió al marcador un obús de Messi a la escuadra desde la fronta. Otro golazo del jugador de los mil recursos. Si vas a por él te dribla. Si le esperas, dispara. Muchas veces suave y colocado como un pase a la red. Otras, como hoy, con un disparo seco y rabioso. Un golazo que abrió la mejor fase del Barcelona, justo hasta el descanso.
Porque el resto fue fácilmente olvidable, el susto en el ambiente hasta el gol final de Messi, el equipo mucho menos sobrado de lo que debería haber estado. Dos caras, otra vez. Al contrario que ante el Valencia y más parecido al partido contra el Mallorca, brillante la primera y preocupante la segunda. Pero por encima de todo la falta de puntería. De todos y sobre todo de Villa, absolutamente necesitado de un par de goles. Quizá entonces rompa en el goleador que es y quizá entonces el Barcelona le meta otra vez dinamita a sus mejores minutos y se convierta de nuevo en un Everest futbolístico para cualquier rival. Hasta entonces, conviene ir sacando adelante los partidos. Y el Barcelona lo hizo, manda en su grupo, tiene los octavos cerca y el primer puesto a tiro de gol en Dinamarca.
Fuente: AS (www.as.com)
miércoles, 20 de octubre de 2010
El Barcelona vence al Copenhague pero no convence.
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