El Mundial ha privado a España de los amistosos. Ahora, en cada partido, con o sin puntos sobre la mesa, defiende un título y está obligada a aprender, incluso con sangre como ayer, que el prestigio es una bendita y pesada mochila, y que cada derrota propia será una medalla ajena. Ésta se la colgó Argentina, que hizo trizas a un campeón debilitado en alineación, entusiasmo y energía. Fue la derrota con peor cara en años porque la Selección perdió durante un tiempo no sólo el espíritu sino también ese estilo dominante, casi incontestable, que le ha llevado a la cima del mundo y al Príncipe de Asturias (mal día para anunciarlo).
En Argentina, el fútbol hace país, encola a la sociedad y consigue que la ciudadanía se sienta una superpotencia en algo. Y sus futbolistas acuden a su llamada lesionados, fatigados, deprimidos o descreídos, porque cualquier excusa para borrarse está entre el desaire y la alta traición. Y ante ese enemigo orgulloso y con ganas de pelea fue imprudente guardarse cinco titulares. El partido no invitaba a decisiones políticas ni a ahorrar en beneficio de los clubes. Xavi es el aula magna y sin él, España pensó menos y más despacio. También perdió zancada ofensiva sin Torres y vigor defensivo sin Ramos. Y nos separó el Atlántico en ardor guerrero. La Selección no se debía nada a sí misma. Argentina se debía un Mundial. Y eso se notó en el arranque del partido. En 13 minutos Messi e Higuaín lo liquidaron. Dos goles servidos en dos mano a mano ante Reina que hablan mal de los laterales suplentes y los centrales titulares. Aquel cuarto de hora fue Vietnam.
Mejor sin Maradona. A estas alturas cabe decir que Maradona dejó el mensaje, pero no el método. El Pelusa siempre creyó que nos veríamos el 11 de julio en Johannesburgo. Por eso, si le preguntaban por el tiempo decía que España era campeona del mundo de fútbol "con porterías de costado". Y si le regalaban un gol ante México, argumentaba que para favores arbitrales los que recibía la Roja.
Esa arenga fue combustible anímico para Argentina, pero con Batista juega infinitamente mejor. Donde antes había grandes atacantes (todos marcaron) con un desierto a la espalda hay ahora una mecánica de juego, liderada por Banega y Cambiasso, ambos excluidos del Mundial. Su fútbol a un toque desarmó a España y le dio la pelota a la albiceleste. Y con la pelota Messi es el del Barça y no un impostor. El número uno del mundo, vamos.
A España, abandonada por Cesc, Iniesta y Silva, le costó un mundo levantarse de la lona. Y volvió a ella después de una riada de desdichas. Dos disparos de Villa se estrellaron en el palo y un resbalón de Reina cuando intentaba controlar una cesión de Arbeloa regaló a Tévez el 3-0. Fue un lance cómico que quedará para la historia, como aquel autogol de su padre ante Holanda hace 37 años.
La segunda parte rehabilitó parcialmente la fachada. Con Navas y Cazorla el equipo fue más ancho. Con Xavi y Pedro, más profundo. Con Llorente, más alto. Volvimos a tocar el palo, despilfarramos ocasiones y pudimos salvar el honor con el gol del riojano, replicado casi de inmediato por Agüero. Y es que Argentina nos tapó hasta la salida de emergencia.
Fuente: AS (www.as.com)
miércoles, 8 de septiembre de 2010
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España regresa de Argentina con una gran humillación a la espalda y prestigio perdido.
España regresa de Argentina con una gran humillación a la espalda y prestigio perdido.
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