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lunes, 17 de octubre de 2011

Contando ovejas: "Política de oficina".

“¡Pienso!”, claman los vendedores de prensa, “¡pienso para todos los gustos!”.
Mientras se escuchan los gritos de los quiosqueros anunciando su mercancía, ya apta para la lectura ciudadana después de haber pasado los pertinentes controles de la seguridad “políticamente correcta”, un individuo con la mirada perdida y el paso arrastrado cruza entre todos sus congéneres que, ávidos y como si nunca hubieran visto un periódico, se abalanzan sobre los diarios que, al cabo de unos días, tan sólo servirán para empapelar las zonas del suelo donde sus mascotas (compradas para hacerles olvidar la sensación de que ellos mismos pertenecen a alguien superior, aunque prefieran no creerlo) defecaron porque no habían sido ensañadas a tiempo a realizar sus necesidades vitales en la calle.

“¡Como sabía yo que éstos del Partido Popular son unos fascistas, unos ladrones y unos sinvergüenzas!”, exclama emocionado el habitual votante del PSOE mientras hojea “El País”, a la vez que mira de reojo a sus compañeros de trabajo. Éstos, que conocen perfectamente las intenciones de las palabras del otro, abren sus respectivos periódicos: “El Mundo” y “La Gaceta”.
“¡Hay que joderse, a donde va a ir España con los rojos de los cojones!”, suelta improvisadamente el conservador lector de “La Gaceta”, imitando el tono casposo que inculca dicho diario a sus lectores.
“¡Que rojos ni que leches!”, le responde su compañero, el liberal de “El Mundo”, “lo que pasa es que no saben administrar el capital público como se debe”.
El conservador y el liberal, aunque ellos crean que no, votan al mismo partido y ambos se creen, desde su punto de vista respecto al otro, que hacen una política diferente a la que dice la gente.
El conservador, ávido de “La Gaceta”, ni siquiera se entera de que el Partido Popular no pretende eliminar la legislación abortista, sino regresar a la ley original aprobada en su día por el PSOE (supuestamente, su opositor). Al contrario, el liberal se muestra orgullosísimo de que se pretenda llevar a cabo un gran recorte hacia lo público y, ansioso por ello, no ve el momento de votar el 20-N al candidato de su partido con tal de que haga su sueño realidad.
Frente a los dos votantes, distintos pero iguales, del PP, el fanático del PSOE llama a los trabajadores que conoce, individuos ególatras y que consideran que por votar a su partido éste ya les tiene que asegurar lo mínimo (chalet, coche de buena gama, vacaciones en el Caribe) para vivir en la sociedad hoy, a votar en masa al PSOE ante el peligro del “retorno franquista” que encarna el Partido Popular.

Ante semejante pantomima de discusión política, llevada a cabo por individuos que en su vida se han leído un sólo texto de doctrina ideológica, sea la que sea, el individuo aislado del principio rechaza la posibilidad de tomar café con sus colegas laborales y prefiere retirarse a su mesa. Allí, entre la soledad y el frío de mesas, papeles y ordenadores, el hombre saca su bocadillo y empieza a comer. No es que esté muy rico, ya que se lo ha hecho él porque no tiene mujer, pero le vale. Prefiere comer ese pésimo bocadillo antes que estar casado con una fulana castradora y manipuladora, como le sucede al votante del PSOE y al liberal del PP (y podríamos decir que también al conservador, aunque se lo calle).
Mientras termina el bocadillo, observa como la discusión ha ido aumentando de tono. “¿Qué será lo próximo?”, piensa amargamente, “¿enseñar el pene para ver quién lo tiene más grande?”
Finalmente, termina por imaginárselos como lo que son: ovejas al servicio de intereses pastoriles que escapan a su reducido alcance del mundo.
“Ciertamente, se merecerían quedar mañana en la calle, muertos de frío y sin empleo”, se dice a sí mismo el hombre solitario mientras se levanta para tirar el papel que cubría su bocadillo, “pero seguro que tienen tanta suerte que encontrarán a alguien que les enchufe”.
El papel termina en el fondo de un cubo de metal, que se cierra sin que nadie lo escuche debido a los gritos que exaltan la gestión de Zapatero.


Gabriel García

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