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sábado, 4 de febrero de 2012

Ramos vuelve a dar la victoria al Real Madrid en el Coliseum Alfonso Pérez.

El Real Madrid se encuentra cada vez más cómodo con su nuevo traje, que parece hecho a medida para este equipo. La apuesta decidida por el toque, por ese juego de elaboración con el que se construyen paredes donde antes sólo se pretendían elevar muros de contención, ha convertido al Madrid en un equipo que vuela por la Liga. Parece que su ambición, ahora adornada también por el juego, le impedirá detenerse hasta que llegue a su objetivo, que no puede ser otro que el título. Contra el Getafe no le hizo falta ofrecer su versión más brillante. Para ganar le bastó con tener el balón, moverlo con criterio y aprovechar una acción a balón parado.

Es un equipo que en Liga no se relaja nunca y en su visita al gélido campo del Getafe no hubo una excepción. Exige lo máximo de sí mismo y del rival, al que obliga a mantener una concentración extrema. Y al más mínimo error, al menor despiste le golpea con goles. Como el de Sergio Ramos, que en el lanzamiento de un córner se adelantó a los despistados defensas del Getafe para convertir de cabeza el gol que decidió el encuentro.

No se habían consumido 20 minutos y ya estaba despejada cualquier duda que pudiera haber sobre a quién correspondía el mando del partido. Dueño absoluto de la situación, por juego y por superioridad moral y física, el Madrid no dio opción al Getafe, demasiado endeble en defensa, desbordado en el centro del campo e inocente arriba.

En el Madrid fue noticia el regreso de Lass al mediocentro, como pareja de Xabi Alonso. Fue la única recaída en planteamientos no tan lejanos. El músculo de Lass empujó hasta el banquillo a Granero y su actual estado de lucidez. Por delante, Mourinho mantuvo la apuesta por Özil, Kaká, Cristiano y Benzema. Una apuesta ganadora.

Dominada la situación, controlado el partido, el Madrid apenas permitió respirar al Getafe, que se marchó a los vestuarios sin apenas acercarse a Casillas, que sólo se sobresaltó, y no mucho, en los últimos minutos. Fueron dos aproximaciones aisladas, más fruto de un arranque de orgullo que una consecuencia de su juego.

En el segundo tiempo el Madrid ahorró esfuerzos, aunque por momentos se le fue la mano en su pretensión de economizar energías y permitió que el Getafe recompusiera su maltrecha figura de la primera parte y empezara a pensar que podía asustar al líder. Fue un leve momento de debilidad por parte del Madrid, que recuperó el balón, y con él el control de la situación, sin apenas dificultad.

El Madrid, que no supo sentenciar en el primer tiempo, espació sus llegadas, no elaboró tanto y se limitó a dejar pasar el tiempo, un riesgo innecesario dada la enorme distancia que separa a los dos equipos. Sus ocasiones no fueron tan numerosas, aunque no menos claras, pero cuando no les falló la puntería se encontraron con las manos de un inspirado Moyá.

Los cambios no mejoraron al Madrid, más bien le despistaron hasta convertirlo un equipo demasiado distraído, que fue apartándose de la buena línea marcada en el primer tiempo. Callejón e Higuaín no mejoraron a Kaká y Benzema. Granero, sustituto de Özil, apenas tuvo tiempo de mostrarse. Mientras, el Getafe tomó aire con la entrada de Gavilán, Lacen y Arizmendi por Pedro Ríos, Casquero y Barrada. Siguió incordiando, pero sin llegar a transmitir ninguna sensación de peligro.

Y cuando se animó a pisar el área rival, Ayza Gámez decidió no pitar penalti por una clara mano de Pepe a tiro de Diego Castro. El portugués volvió a ofrecer su imagen más desagradable al revolcarse por el suelo, simulando que el balón le había dado en otra parte del cuerpo. Un feo comportamiento que ya no sorprende. No fue el único error grave del árbitro, que en la primera parte decidió no expulsar a Torres por un claro agarrón a Özil.

Además de por ese grave error de Ayza Gámez, el Getafe se vio lastrado por la lesión de Masilela, que se produjo con los tres cambios consumidos y aguantó cojo los últimos minutos.



Fuente: AS (www.as.com)

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